Colaboración, en Sapos y Princesas gracias a la FEATF, sobre la creciente presión por el rendimiento escolar y sus efectos en el bienestar emocional en la infancia y la adolescencia.
- Porque el bienestar del alumnado no se entiende sin el contexto familiar, escolar y social en el que crece.
- Porque educar va mucho más allá de los resultados académicos.
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CONXITA LÓPEZ MARTÍN - 01/06/2026
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Altas demandas escolares y presión por el rendimiento, una realidad que debemos afrontar
Cada vez más menores viven el curso escolar como una carrera de fondo en la que sienten que no pueden fallar. Las clases, los exámenes y las actividades extraescolares ocupan gran parte de su tiempo y la presión por el rendimiento académico hace mella en ellos, pues acaba convirtiéndose, en muchos casos, en una fuente constante de tensión en el contexto familiar.
Además, conviene recordar que no todo el alumnado afronta esa presión desde el mismo punto de partida. Hay menores que llegan al aula con una mochila emocional, familiar o personal, que influye en cómo gestionan la vida escolar.
¿Cuándo la exigencia es saludable y cuándo se vuelve presión tóxica?
Cómo reconocer los síntomas
La exigencia en el ámbito educativo es positiva cuando ayuda al menor a crecer sin cuestionar su valía personal. Unas expectativas realistas y el acompañamiento en el estudio favorecerán la autonomía, la responsabilidad y la tolerancia a la frustración.
El problema aparece cuando las notas se convierten en la principal fuente de reconocimiento dentro del hogar y los suspensos dejan de entenderse como parte del aprendizaje para pasar a vivirse como una amenaza. En esos casos, la conversación familiar se centra casi exclusivamente en los resultados, el enfado por la probable no promoción de curso o la exigencia de calificaciones cada vez más altas, incluso cuando se ha alcanzado el aprobado.
La influencia del ambiente familiar
La presión se vuelve tóxica cuando el menor percibe que su bienestar, el ambiente familiar o incluso el afecto dependen de sus resultados. Entre las señales más habituales aparecen el bloqueo ante los exámenes, la ansiedad y la irritabilidad, junto con dificultades para conciliar el sueño, miedo excesivo a equivocarse o pérdida de motivación.
En cambio, las familias que mantienen una exigencia saludable suelen interesarse por el día a día, ayudan a planificar tiempos de estudio y descanso, y valoran el esfuerzo sostenido a lo largo de todo el curso.
¿Qué patrones familiares sostienen la escalada?
Las comparaciones
Uno de los patrones que más alimenta la presión académica es la comparación constante con hermanos, compañeros o hijos de otras familias. Para muchos adolescentes, esta dinámica genera la sensación de no estar nunca a la altura y de que su valor depende únicamente de sus resultados.
Con el tiempo aparece el miedo a fracasar y a decepcionar a su familia, acompañado de una inseguridad constante.
Una agenda imposible y el miedo al error
A esto se suma la realidad de muchos menores con agendas saturadas: jornada escolar, clases de refuerzo, entrenamientos, competiciones de fin de semana, estudios de música o danza. Son adolescentes con poco margen para el descanso, sin tiempo libre ni espacios para el aburrimiento, que también forman parte de su desarrollo emocional.
Y en etapas como 2.º de Bachillerato, la presión se intensifica con la cercanía de la PAU y la autoexigencia del propio alumnado.
Pero también existen adolescentes que confían en exceso en su capacidad para remontar el curso en el último momento. En ocasiones, las familias detectan en ellos la falta de hábitos o constancia, pero la toma de conciencia suele llegar tarde, cuando aparecen los suspensos o incluso la repetición de curso. Normalmente, no suele tratarse de falta de capacidad, sino de dificultades para sostener el esfuerzo de forma continuada.
Cuando toda la vida gira en torno a las notas, la presión por el rendimiento académico no solo alimenta el fracaso escolar, sino que provoca el desgaste progresivo y aumenta el riesgo de abandono.
¿Qué límites poner a tareas y extraescolares para equilibrar bienestar y responsabilidad?
Compatibilizar tareas escolares y actividades extraescolares de forma positiva exige recordar una idea básica: para aprender, un menor necesita primero encontrarse bien física y emocionalmente. El descanso, el juego y el tiempo libre no son premios, sino necesidades para su correcto desarrollo.
En Educación Infantil y los primeros cursos de Primaria, la enseñanza se debe centrar en el juego, la adquisición de hábitos y pequeñas responsabilidades. A medida que crecen, es importante que las familias continúen dejando espacios vacíos en la agenda. Los adolescentes necesitan también tiempos sin actividad, para disponer de ellos para sus propios intereses e incluso para aburrirse.
El deporte, la música o las clases de apoyo pueden ser experiencias muy positivas. Sin embargo, cuando se encadenan actividades sin descanso suficiente o resulta necesaria una supervisión constante, conviene revisar la organización de la agenda y los hábitos de estudio.
En algunos casos, las dificultades de aprendizaje o de regulación emocional requieren apoyos que van más allá de la organización familiar.
Educar también implica que las familias se decidan a ‘soltar cuerda’ de forma progresiva: dejar más espacio para que los hijos tomen decisiones, se equivoquen, gestionen su tiempo con autonomía y asuman, poco a poco, las consecuencias de su propio proceso de aprendizaje y de organización.
¿Cómo hablar de las notas sin que la identidad del hijo sea ‘su rendimiento’?
Un hijo o una hija no es una nota de Matemáticas o de Tecnología, y conviene separar su valor personal de sus resultados obtenidos. Antes de hablar de resultados, es más útil interesarse por cómo ha ido el día, si ha estado a gusto con sus compañeros o qué ha sido lo mejor de la jornada escolar. El mensaje que se debe transmitir es sencillo: el afecto no depende del rendimiento académico.
Este acompañamiento es especialmente importante en momentos de transición como el paso de Primaria a Secundaria, Bachillerato o Formación Profesional, etapas en las que aumentan las exigencias y hay una mayor probabilidad de que el alumno se sienta más vulnerable e inseguro.
Más allá del debate sobre las inteligencias múltiples, la psicóloga Carol Dweck plantea en su teoría de la mentalidad de crecimiento (2006) que la capacidad de aprendizaje no es fija, sino que se construye a través de la práctica, el esfuerzo y la experiencia. Cuando el menor entiende que equivocarse forma parte del proceso, aumenta su disposición a insistir, practicar y buscar nuevas estrategias.
En este acompañamiento es importante recordar que algunos menores pueden atravesar por situaciones especialmente complejas o cargar con mochilas más pesadas, que requieren tiempos y apoyos diferentes.
Cuando los resultados no son los esperados, la clave está en analizar con calma qué ha ocurrido en la organización del tiempo, los hábitos o las estrategias de trabajo, y, a la vez, validar su malestar emocional. Las calificaciones son información sobre un momento puntual del proceso educativo, no una etiqueta sobre su persona. Aprender implica equivocarse, y equivocarse forma parte de crecer.
¿Cuándo coordinarse con el centro y qué pedir para ajustar la carga?
La importancia de mantener una comunicación regular
La coordinación con el centro de enseñanza no debería ser un ‘botón del pánico’ que solo se pulsa cuando hay un fracaso escolar o una amenaza de no promoción, sino una herramienta de prevención: consultar al tutor regularmente, aunque no se detecte que el alumno está preocupado, desmotivado o estresado, e incluso si las calificaciones son buenas. Un estudiante puede mantener un buen rendimiento académico y, al mismo tiempo, sentirse desbordado.
Cuando la carga supera el bienestar, es necesario revisar conjuntamente entre la familia y el centro educativo, y ajustar aquellas actividades que resulten desmesuradas o corregir malos hábitos como el consumo excesivo de pantallas. Un alumno agotado no aprende de forma significativa. Las reuniones no deberían centrarse únicamente en el examen que ha suspendido, sino en cómo mejorar su manera de estudiar.
También es recomendable acudir al Departamento de Orientación para valorar posibles medidas de atención a la diversidad que se adapten a las necesidades de la persona y faciliten su desarrollo académico y emocional.
Nivelar expectativas familiares e intereses del adolescente
En ocasiones, las expectativas familiares no coinciden con los intereses del adolescente. La elección de estudios e itinerarios debería contemplar no solo sus gustos, sino también su realidad personal, teniendo en cuenta la diversidad de opciones que ofrece el sistema educativo.
En definitiva, la familia y el centro de enseñanza son parte de una realidad compartida y deben aliarse para colaborar. Es necesaria la coordinación entre ambos sistemas para priorizar el bienestar del estudiante con un objetivo que va más allá de aprobar en junio: que el alumno termine el curso con ganas de seguir aprendiendo, y no pensando en abandonar los libros para siempre.


